En pleno siglo XXI, cuando se han alcanzado logros inimaginables en el mundo de la ciencia y la tecnología, resulta difícil creer que todavía existan miles de niños que mueren cada día por hambre, problemas básicos sanitarios o conflictos armados.
La pobreza, el hambre, la prostitución y el trabajo infantil siguen siendo flagelos que afectan a los niños, a medio siglo de que la Organización de Naciones Unidas instituyera el 20 de noviembre como el Día Mundial del Niño.
La efemérides coincide con el aniversario de la Declaración de los Derechos del Niño, proclamada en 1959, y con la aprobación por la Asamblea General de la ONU de la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989, que establece normas universales de protección de la infancia y recoge los derechos jurídicos del infante, anteriormente dispersos en acuerdos internacionales de diverso alcance.
A pesar de la existencia de esa Convención, pocos países se esfuerzan en garantizar los derechos de los niños. La realidad es que más de mil millones de niños en el mundo sufren grandes privaciones causadas principalmente por la pobreza, las guerras y el SIDA.Sus derechos son vulnerados y están constantemente amenazados por condiciones de descuido, maltrato y violencia: la obligación de trabajar en condiciones de peligro y explotación, la venta y la trata de niños y niñas, incluidos adolescentes, la precaria asistencia médica que reciben, la deficiente escolarización, la malnutrición y los ambientes insalubres donde enfermedades infecciosas como el sida o la malaria amenazan su futuro.
Se estima que más de 21 por ciento de los niños no tiene acceso a agua potable y la diarrea es la responsable de 17 por ciento de la mortalidad en los menores de cinco años, lo que supone 1,5 millones de muertes anuales.
En la actualidad el contrabando y la explotación infantil se han convertido en negocios de grandes beneficios económicos. Según las estadísticas, el tráfico de niños afecta anualmente a 1,2 millones de menores, al tiempo que la explotación sexual con fines comerciales afecta a 1,8 millones de pequeños, la mayoría niñas, en un negocio que genera beneficios de miles de millones de dólares anuales.
En los países latinoamericanos, por ejemplo, pululan las agencias clandestinas que ofrecen trabajos a los menores entre 6 y 14 años, que son colocados en plantaciones de cacao. Los expertos estiman que después de las drogas, la prostitución y el juego, la esclavitud infantil es uno de los negocios más lucrativos de la delincuencia internacional.
Según estudios, unos 80 mil niños y adolescentes mueren en América Latina y el Caribe cada año debido a la violencia familiar, que los expertos señalan en esa región del mundo trasciende fronteras culturales, diferencias de clase, educación, origen étnico o edad.
Centroamérica, donde poco más de la mitad de su población está constituida por niños y adolescentes, presenta un triste panorama. En Honduras alrededor de 10 mil niñas son víctimas de la explotación sexual, mientras que en Nicaragua centenares de niños son vendidos cada año para ser comercializados en burdeles de México y Guatemala.
La situación de los niños y las metas encaminadas a eliminar pobreza, mejorar salud, brindarles educación y protegerlos ante males como el tráfico humano y otros aparecen en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, adoptados por la Cumbre de la ONU de 2000. Sin embargo, el futuro de muchas regiones es poco esperanzador, si el mundo no hace nada por su infancia, sino le garantiza su derecho a la educación y la salud, pero sobre todo le garantiza su derecho a la vida. Triste realidad.
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