Posteado por: rakelsalim | enero 29, 2008

Iraq-EEUU: Las 953 mentiras, una por una

Entrevista a Check Lewis, director de la investigación que ha desvelado las falsedades

Ocho funcionarios clave del gobierno de Estados Unidos, incluido el presidente George W. Bush, realizaron al menos 953 declaraciones falsas en las vísperas y tras la invasión de Iraq en marzo de 2003.
Así lo indica una investigación que acaba de publicar en la capital estadounidense el Centro para la Integridad Pública y que dirigió Check Lewis, fundador de esta organización dedicada a elaborar informes periodísticos en profundidad sobre cuestiones de interés general.

Lewis encomendó a sus investigadores rastrear todas las declaraciones de ocho de los principales funcionarios de Washington, entre el 11 de septiembre de 2001 y el 11 de septiembre de 2003, sobre la supuesta posesión de armas de destrucción masiva por parte del régimen de Saddam Hussein y sus vínculos con la red terrorista Al Qaeda.

Bush Iraq idiota
Luego, el periodista ordenó esas declaraciones en forma cronológica, y las relaciona con los hechos que sucedían al mismo tiempo y con la información verdadera con la que contaba a la sazón el gobierno estadounidense.

Entre los investigados figuran Bush, el vicepresidente Dick Cheney y quienes entonces encabezaban el Departamento de Estado (cancillería), Colin Powell, y el de Defensa, Donald Rumsfeld, así como la ex consejera de Seguridad Nacional y actual secretaria de Estado (canciller), Condoleezza Rice, y el ex subsecretario de Estado Paul Wolfowitz.

La lista se completa con los hoy ex portavoces de la Casa Blanca Ari Fleischer y Scott McClellan.

Ahora resulta claro que el régimen de Saddam Hussein, ejecutado en la horca en diciembre de 2006, no poseía armas de destrucción masiva, y que tampoco tuvo vínculos con los atentados que el 11 de septiembre de 2001 se cobraron 3.000 vidas en Nueva York y en Washington.


“Esta cronología cuestiona la reiterada afirmación de los funcionarios de la administración de Bush según la cual fueron meras víctimas inconscientes de mala inteligencia”, indicó Lewis.

“Consideremos las palabras eternas del fallecido historiador y biblotecario del Congreso, Daniel Boorstin, en su clásica obra de 1961, ‘The Image’ (‘La imagen’): “Sufrimos, ante todo, no de nuestros vicios o nuestras debilidades, sino de nuestras ilusiones. Estamos obsesionados, no por la realidad, sino por aquellas imágenes que hemos puesto en lugar de la realidad’“, anotó el periodista.

Estados Unidos fue a la guerra hace casi cinco años, luego de una campaña orquestada de declaraciones falsas de los principales funcionarios de la nación. Una guerra que comenzó bajo la ilusión de una amenaza inminente a la seguridad nacional. Estamos obsesionados por una guerra iniciada sobre premisas falsas“, afirmó.
Lewis habló con IPS sobre su informe, al que define como “una cronología pública y privada de la guerra en Iraq de 380.000 palabras, sin precedentes, que se puede rastrear en Internet, con declaraciones públicas entrelazadas con datos, discusiones y disensos internos”.

Por lo tanto, el estudio hinca el diente en aquello que los funcionarios “decían en público yuxtapuesto con lo que sabían” realmente.

IPS: — Usted clasificó declaraciones falsas de ocho altos funcionarios durante dos años. ¿Cuántas son, exactamente? ¿Se puede comparar la situación con la de otro periodo histórico?

CHUCK LEWIS: — Detectamos 935 declaraciones falsas. Bush hizo la mayoría. McClellan fue el que hizo menos. Que yo sepa, nunca nadie hizo, en ocasión de otra guerra de Estados Unidos, una cronología pública y privada de lo que dijeron funcionarios en relación con lo que sabían en su fuero íntimo. Esta situación no se puede comparar con las del pasado.

¿Qué nos dice el orden cronológico de las declaraciones? ¿Fue una operación orquestada, sistemática?

— La intensidad de las declaraciones (falsas) aumentó en las semanas anteriores a la resolución del Congreso (que autorizó el 10 de octubre de 2002 al Poder Ejecutivo a invadir Iraq) y en las vísperas de las elecciones de mitad de periodo (en diciembre de ese año). Esa intensidad se duplicó entre enero y marzo (de 2003). Fueron 935 declaraciones falsas en 532 diferentes ocasiones…

Sí, fue una operación sistemática. Lo sabemos por la saturación de las declaraciones de funcionarios diciendo esencialmente lo mismo, 935 veces. Era imposible que se tratara de algo involuntario o de una coincidencia.

Separadamente, ustedes reunieron material procedente de más de 25 gobiernos, denunciantes internos y libros periodísticos publicados entre el 11 de septiembre de 2001 y fines de 2007. ¿Detectaron de este ejercicio patrones claros de la conducta de las autoridades estadounidenses? ¿Hubo consenso sobre la guerra de Iraq?

— El patrón más perturbador es que, internamente -en la Casa Blanca, el Pentágono, en el Departamento de Estado (cancillería) y en la comunidad de inteligencia–, surgían cuestionamientos a las declaraciones de esos funcionarios y sobre sus ambiciones bélicas y, lo que es aun más importante, sobre la información de inteligencia que manejaban. Había visiones discordantes, según las cuales porciones clave de la “evidencia” eran engaños o simplemente no concluyentes.

A los altos funcionarios se les recomendó, reiteradamente, que no dijeran algunas cosas en sus discursos, pero, también reiteradamente, las decían de todos modos. La gran novedad, para mí, es que el “consenso” era cualquier cosa menos unánime, como la Casa Blanca quería que todos creyeran.

Cierta información de inteligencia que servía a los que se inclinaban fue exagerada, y se ignoró el cruzamiento de datos que sugería la inexistencia de amenazas inminentes a la seguridad nacional de Estados Unidos y de otros países. Esta es la conclusión de leer las 380.000 palabras que componen cronología pública y privada de la guerra en Iraq.

El gobierno de Bush hizo mucho ruido sobre el programa nuclear de Irán. Pero la Estimación de Inteligencia Nacional publicada en diciembre indica que Irán detuvo el desarrollo de un arma nuclear en 2003, y que no podría, al parecer, producir suficiente uranio enriquecido para una bomba hasta entre 2010 y 2015. ¿Hay similitudes entre esta situación y la inmediatamente anterior a la guerra en Iraq?

— Las fuentes de inteligencia citadas por Powel en su discurso ante (el Consejo de Seguridad de) la ONU (Organización de las Naciones Unidas), en busca de respaldo internacional para la invasión no eran confiables. Había dudas dentro del gobierno, especialmente en las agencias de inteligencia. Pero igual siguieron con el espectáculo.

En las semanas anteriores a la votación de (la autorización a la invasión a) Iraq en el Congreso, Bush y Cheney hicieron declaraciones tajantes sobre la amenaza de armas de destrucción masiva que, según hoy sabemos, eran falsas.

La Agencia Central de Inteligencia (CIA) no había hecho ninguna Estimación de Inteligencia Nacional al respecto porque Iraq no era visto como un foco potencial de conflicto. Y la Casa Blanca no había encomendado una Estimación…

La información de inteligencia es una mercancía que debe ser resguardada de maniobras políticas.

El informe es parte de un libro que usted está preparando, sobre la verdad, el poder y el estado actual del periodismo. ¿Cuál es el estado del periodismo estadounidense luego de la guerra? ¿Por qué esta guerra fue diferente de otras del pasado para el periodismo?

–El estado del periodismo actual no es bueno. Económicamente demacrado, con miles de reporteros y editores despedidos desde 2000, se deja engañar con facilidad y no es suficientemente escéptico de los funcionarios, ni del gobierno ni del poder.

Esta guerra se basó sobre premisas falsas desplegadas a lo largo de 18 meses ante nuestros ojos y los de todo el mundo, con casi toda la prensa estadounidense repitiendo taquigráficamente lo que decía el gobierno de Bush, amplificando la desinformación con poco escepticismo y pocos informes originales.

En la resolución (del Congreso) sobre el golfo de Tonkin de 1964 (que aumentó la presencia militar estadounidense en Vietnam y supuso una escalada de aquella guerra), la falsa premisa fue una agresión a buques de Estados Unidos que no era real. En medio de esos supuestos ataques y de la respuesta irreflexiva y adulona del Congreso a las propuestas bélicas del presidente, convertidas a la postre en ley, la cobertura acrítica de los medios de comunicación duró exactamente una semana.

El periodismo no tenía posibilidades: la guerra era remota, las supuestas batallas se libraban en el mar, con frecuencia de noche, sin reporteros cerca. Dependía únicamente de la Casa Blanca y del Pentágono, que coordinaban sus mensajes…

Eso ocurrió hace pocos años. ¿Cuál es su importancia ahora?

— Que la historia completa de por qué Estados Unidos fue a la guerra aún no fue totalmente contada. Con el paso del tiempo, se consolidarán las memorias y legados presidenciales y las mitologías.

Lo que necesitamos son hechos: quién dijo qué, cuándo, qué sabían realmente antes de hablar. Esta cronología tiene eso en un solo lugar, es accesible y podrá actualizarse en los años venideros. Y eso es importante porque los presidentes toman decisiones sesgadas, humanas, que afectan a las naciones y al mundo, a miles y miles de vidas, y debe haber, en una democracia, un escrutinio independiente, responsable y factual de lo que fue verdad entonces y siempre lo será.

Sin embargo, lo que el mundo necesita más es verdad en tiempo real, no años después. Gracias al debate de los cinco años transcurridos, periodistas y ciudadanos tal vez se vuelvan más escépticos y perspicaces hacia los políticos y poderosos.

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