Posteado por: rakelsalim | abril 18, 2008

Irán, un imperio encrucijada de culturas

Irán es un extraordinario mosaico de pueblos distintos reunidos por lazos vigorosos. Es, junto con Etiopía, el único imperio que pervive en nuestros días, entendido el término «imperio» en el sentido de construcción política centralizada, monocéfala y pluriétnica. Pero mientras que Etiopía ha sido desgajada de parte de sus elementos básicos, como Eritrea, Irán pervive tras la caída de su último emperador, una larga guerra con su vecino occidental y fuertes tensiones nacionalistas.

He aquí, precisamente, la más llamativa característica geopolítica de Irán: su resistencia, como Estado compacto, ante la presión de las numerosas culturas y hasta nacionalidades que lo componen. Esa resistencia exitosa se sustenta en tres grandes factores: la tradición imperial, el centralismo basado en la cultura y la fe y el centralismo basado en la integración de los distintos territorios.

1. La tradición imperial

1.1. El modelo

El punto de partida del carácter de imperio de Irán se encuentra en un hecho de psicología política: la idea de imperio y el concepto geográfico de Irán están índisolublemente unidos a través de la Historia. Irán es la más antigua construcción política viva del planeta, superviviente como tal de manera discontinua y bajo formas cambiantes, pero donde la idea imperial se ha mantenido siempre muy profundamente enraizada.

«Irán» y «Persia» son dos topónimos muy antiguos: «Irán» significa literalmente «País de los arios», un conjunto de tribus indo-iranies, rama oriental de los indoeuropeos que entraron en Irán e India a partir del segundo milenio antes de Cristo. «Persia» es el nombre de la tribu que hizo la primera unificación política de Irán, bajo el reinado de Ciro, en el s. VI antes de Cristo.

El nombre se conserva en la provincia de Fars y en el farsi, la lengua literaria y oficial en Irán. Como se ve, las propias construcciones políticas, empezando por sus nombres, son testigos de persistencia a lo largo del tiempo.

El modelo imperial en el que Irán se inscribe es anterior a la constitución de la entidad política íraní en sí: hay que buscarlo en el tercer milenio antes de Cristo y en Oriente Próximo, en los imperios mesopotámicos y en Egipto. El imperio aqueménida (700-329 antes de Cristo) recogió estas tradiciones políticas, pero supo darles una expresión más vasta, más acabada y más razonada, mantenida de forma ejemplar hasta nuestros días.

Ese modelo imperial forjado y mantenido en Irán consiste en una forma de organización plurinacional, un concepto de Estado situado por encima de las etnias y culturas e indiferente a las variadas concepciones políticas que ha revestido a través del tiempo.

Su declaración de intenciones aparece ya en el siguiente texto: «Soy Jerjes, el gran rey, rey de reyes, rey de las tierras de numerosos pueblos». Se trata de la inscripción de la escalera oriental de Persépolis, donde esos «numerosos pueblos» aparecen representados.

1.2. El control del espacio: los desplazamientos

De esta supremacía de la idea imperial sobre los distintos componentes nacionales derivan varías consecuencias.

La primera de ellas es que las etnias están al servicio del imperio, son instrumentos en manos del soberano. Éste las remodela y modifica su situación y su emplazamiento. Los desplazamientos forzosos de poblaciones son una constante de la tradición política iraní desde la Antigüedad.

Las más llamativas de la época «moderna» tuvieron lugar entre los siglos XVII y XVIII, cuando tribus enteras de azeríes (turcos) y kurdos (iraníes) de las fronteras occidentales fueron desplazados a Jorasán para defender las orientales contra los uzbecos (turcos). El mosaico étnico es, en buena medida, expresión de las remodelaciones demográficas impuestas desde el poder. A lo largo de 2500 años poblaciones enteras fueron desplazadas del Cáucaso al Indo, de Mesopotamia al Oxus (actual Amu Daria) y del Caspio al Golfo Pérsico.

Las conciencias étnicas y culturales no tienen expresión política autónoma. Sea cual sea la dinastía dominante y la etnia a que pertenece, las estructuras políticas que mantiene trascienden largamente todas las diferencias. Las estructuras tribales y las identidades étnicas y culturales fueron siempre, en el Estado iraní, elementos de un juego social en el cual dicho Estado ha acabado por afirmarse de una u otra forma.

1.3. El control del espacio: el marco social

El instrumento utilizado para contener este mosaico de pueblos y de culturas tan dispares sobre un espacio tan grande fue, a lo largo del pasado, de orden social: se trata de un armazón compuesto por grandes terratenientes que recibían grandes superficies territoriales por gracia (revocable) del soberano, por lo que estaban muy sujetos a la autoridad central. La aristocracia terrateniente dependiente del monarca fue así, durante muchos siglos, el instrumento esencial de control y de dominio imperiales.

La pérdida de propiedades por parte de la corona y su paulatino paso al sistema hereditario fue roto en época del último emperador mediante la confiscación como castigo por rebeliones en las regiones periféricas. En 1958, en vísperas de la reforma agraria, la corona poseía una décima parte del territorio del país; un tercio era de grandes terratenientes; otro tercio, de pequeños terratenientes; y el resto, de habices, medianos propietarios, etc.

Ni que decir tiene que este modelo imperial supuso un espectacular desarrollo agrícola en época antigua y medieval, con la creación y el mantenimiento de complejos sistemas de regadío (de los que los más conocidos son las galerías subterráneas), deviniendo a la larga un factor de empobrecimiento del medio rural en épocas moderna y contemporánea.

1.4. El control del espacio: el territorio

El actual territorio iraní no es, ni mucho menos, lo que llegó a ser en el momento más ál-ido de su expansión, la época aqueménida (700-329 antes de Cristo), cuyo imperio abarcó en su momento de Libia a Asia Central y del Egeo al noroeste de India.

Hoy día Irán no cubre siquiera las tierras donde se hablan las lenguas iraníes y los dialectos neo-persas (Kurdistán, Afganistán y Tayikistán son tan sólo tres claros ejemplos de esto). Sin embargo, el actual territorio iraní sirve de espacio a la fuerte amalgama social que integra toda una colección de minorías étnicas, culturales o lingüísticas más o menos claras en la periferia pero imposibles de diferenciar en su centro, fundamentalmente farsófono.

Se calcula que el total de los farsófonos del país ronda el 50%, siendo el 20% de lengua azerí y el resto se reparte entre otras lenguas iraníes (bajtiarí, beluche, guilaní, kurdo, lur, mazandaraní y talesí), varias de ellas ágrafas, que emplean el farsi como lengua escrita y de cultura; turcomanas (como el qasharí); y árabe (sobre todo en la zona del Golfo y, a raíz de la guerra con Iraq, en ciudades del interior, por inmigración desde regiones en conflicto).

En cuanto a religiones, la mayoritaria es la shií (85%), seguida muy de lejos por la sunní (12 a 15%) y por minorías como zoroastristas, cristianos siríacos, cristianos armenios y judíos.

2. El centralismo basado en la cultura y la fe

En todo este inmenso y complejo mosaico hay un hilo conductor, que es lo que ha permitido construir y mantener el imperio. Este hilo está formado por dos factores: un fuerte sentimiento de identidad cultural nacional y una afiliación religiosa asentada sobre él.

2.1. El sentimiento de identidad cultural nacional

El punto de partida del sentimiento actual de identidad iraní fue el desajuste entre la conquista araboislámica, muy rápida (unos 10 años), la lenta y difícil islamización del país (recordemos que las revueltas antimusulmanas se prolongaron hasta finales del siglo IX, unos 250 años) y su imposible arabización, a diferencia de Egipto y de Iraq. Culminada la islamización surgió el movimiento «nacionalista» que despreciaba lo árabe reivindicando la lengua persa y la creación literaria en farsi o neopersa desde ese mismo siglo IX.

El sentimiento nacional corre paralelo, pues, al uso del farsi, lengua del Fars promovida al rango de lengua oficial. La cultura y la lengua persa se mantendrían incluso frente a las invasiones turcas que tuvieron lugar del siglo IX en adelante. Es más: los propios turcos, de religión originariamente chamanista, se islamizaron y «farsizaron» en Irán, desde donde fueron vehículo de transmisión de la lengua y la cultura persas.

2.2. El factor religioso: el shiísmo

Durante bastante tiempo el Shiísmo duodecimano no fue sino una rama entre otras en un Irán dominado oficialmente por la Sunna.

Los factores que explican el shiísmo iraní son varios. Un hecho discutible es de carácter histórico: Husayn, hijo de ‘Alí, se casó con la hija del último rey sasánida. Los imanes ‘alíes reunirían en sí el principio de la herencia del Profeta junto con la filiación real persa, que se abrogaba derechos divinos. Sea esto cierto o no, los iraníes fueron mayoritariamente shiíes desde las primeras décadas del dominio islámico del país.

El proceso de aumento del peso específico de la Shía en el entramado político iraní tuvo su punto álgido en el siglo X, cuando la dinastía Buyí, de origen iraní y confesión shií, surgió con fuerza y se apoderó de Bagdad en 945.

Para los siglos XI-XII, con los selyuquíes, el shiísmo imaní está bien implantado en casi todas las regiones de Irán, y ello a pesar de que varias dinastías iraníes fueron sunníes. La situación quedó definitivamente zanjada en 1501, cuando Isma’il el Safaví se apoderó de Tabriz, se proclamó shah y declaró la Shía religión oficial del Estado.

3. El centralismo basado en los territorios y su integración

El marco por excelencia de este panorama descrito es la meseta iraní, una tierra alta y árida bordeada de cadenas montañosas y recorrida por macizos aislados cuyas precipitaciones nutren los ríos y las corrientes subterráneas a la vez que definen valles profundos y desérticos. La altitud media es de unos 1500 metros, con fondos de valle a unos 600 y altitudes montañosas que sobrepasan los 5000, como el Damavand, con sus 5671.

Es en este Irán interior donde se organiza el gran Estado imperial que sobrevive hasta nuestros días. Como factores desfavorables se cuentan las enormes distancias y lo inhóspito de gran parte del paisaje.

Como factores de cohesión, las poblaciones que jalonan las grandes rutas caravaneras que atraviesan esta inmensidad desapacible: los desiertos están cruzados por una red de pistas con etapas a distancias regulares, que permiten la continuidad de las comunicaciones entre los puntos más distantes del país.

La marca del Estado es vísible a lo largo de esas rutas mediante innumerables construcciones, tales como fortalezas, caravansares, fuentes, mezquitas, acuartelamientos…

El poblamiento de la meseta es, pues, discontinuo en su mayor parte, ligado a los recursos hídricos, que son básicamente los ríos que descienden de las montañas, los oasis o los resultados de los esfuerzos humanos por el almacenamiento (depósitos) o la desviación (qanats).

En virtud de esos recursos aparecen las ciudades, a partir de las cuales se realiza la explotación del país, durante mucho tiempo en la órbita de los grandes terratenientes ya mencionados. Las ciudades son los centros y los lazos del poder imperial, que se asienta personalmente en la capital del país.

En este Irán central hay un primer alineamiento de importancia en el piedemonte nororiental del Zagros: grandes aglomeraciones entre la montaña y el desierto, que se benefician de los recursos hídricos de aquélla y del contacto con las dos grandes regiones naturales del país (la propia región montañosa occidental y la meseta central, con sus grandes desiertos, los principales de los cuales son el Kavir y el Lut).

Al sureste aparecen oasis más o menos aislados, como Kirmán. La zona privilegiada está en el noroeste, donde se sitúan Isfahán, Teherán y Qom, con pequeños valles irrigados. Al oeste se pasa de campos de cultivo pluvial a grandes desiertos.

La función política centralista ha tenido siempre la tendencia a establecerse en los territorios septentrionales de la meseta. La fijación en Teherán de la capital de los Qajaríes (1789) no es sino la última manifestación de una serie de capitales nórdicas anclada desde entiguo en la visión política y estratégica del país. Las razones de este fenómeno son múltiples.

Entre ellas, las más poderosas son el origen turco y mongol de las dinastías iraníes desde época medieval, que escogieron sus capitales en las rutas de migración de los nómadas; y razones climáticas -el sur es demasiado caluroso-. Así Ardabil, Sultaniyya, Qazvin, Tabriz y hoy día Teherán.

La inestabilidad de las localizaciones de las capitales no puede enmascarar un hecho claro: Irán ha estado regido, a través del tiempo, por su borde noroeste. Es allí donde se sitúa el fundamento de su existencia política y sólo desde allí desde donde puede ser dominado.

Orientación bibliográfica

La bibliografía relativa a Irán, sus etnias, sus culturas y su carácter de imperio es en verdad inabarcable. Se señala a continuación una serie de obras básicas y de referencia, en lenguas occidentales, a las que el lector podrá acudir a modo de introducción general:

– AHMADI, N., Iranian Islam: The Concept of tlze Individual, N, York, 1998. – DIGARD, J. P., Le fail ethnique en Iran el Afghanistan, París, 1988. – Encyclopcedia Iranica.
– FRYE, R. N., ed., The Camhridge History oflran, Cambrídge, 1975.
– HILLMENN, M. C., Iranian Culture: A Persianisi View, Lanham, 1990.
– HOURCADE, B., & TUAL, A., Programme d’Etablissement de cartes
Ethnographiques de l’Iran, París, 1979.
– KHEIRABADI, M., Iranian Cities: Formation and Developrnent, Austin, 1993.
– KIAN, A., Secularisation of Iran: A Doomed Failure? The New Middle Class and the Making of Modern Iran, Lovaina, 1998.
– MOFID, K., Development and Planning in Iran: From Monarchy to Islamic Republic, Cambridge, 1987.
– NAVABPOUR, R., Iran, Oxford, 1988.
– OMID, Homa, Islam and the Post-Revolutionary State in Iran, N. York, 1994.
– PLANHOL, X. de, Les Nations du Prophéte, París, 1993 (hay traducción española).
– SCHIRAZI, A., Islamic Development Policy: The Agrarian Question in Iran, Boulder,
1993.
– SELLIER, J. & SELLIER, A., Atlas des Peuples d’Orient, París, 1993 (hay traducción española).
– TAPPER, R., The Conflict of Tribe and Siate in Iran and Afghanistan, Londres-N. York, 1983.

Autor: Juan A. Souto

Fuente: Universidad Complutense de Madrid

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